EL ANIMERO Y LA CALAVERA

viernes, 3 de julio de 2009



En el año de 1993, me ocurrió un hecho admirable e increíble desde cualquier punto de vista, que pudo haber sido producto de mi imaginación, o tal vez una especie de castigo divino debido a mi falta de respeto para con las cosas sagradas y en especial para con los restos de los difuntos. Toda mi vida me he caracterizado por llevar hasta extremos demasiado exagerados mis bromas y mis actos, lo que me ha valido algunos insultos, malas caras, reprimendas y otras situaciones desagradables que no las refiero, ya que no son motivo de esta historia.

Iba a cursar mi último año de secundaria, y como es normal y un requisito para graduarse en el colegio, salí a la ciudad de Quito a realizar mis prácticas de mecánico industrial. En la empresa Ómnibus BB fue aceptada mi solicitud, y en el mes de agosto presté mis servicios allí. Durante todo ese mes viví en casa de un tío mío, e hice gran amistad con mis primos. Uno de ellos vino a mi casa a pasar vacaciones luego de que yo terminé mis prácticas. Con él hicimos como siempre muchas travesuras, paseos, y viajes en el pueblo, y aún continuábamos haciéndolas después de vacaciones, cuando él por una u otra razón volvía a Puéllaro.

En los días de finados, o día de los difuntos, que en mi tierra se celebra el 1 y 2 de noviembre de cada año se pueden apreciar hechos y tradiciones importantes en el pueblo. Una de las tradiciones más importantes sin duda es la salida de “El Animero”, personaje típico de mi tierra, que unos 8 días antes del día de todos los santos empieza a salir a media noche desde el cementerio y recorre las calles principales del pueblo. Este personaje es un vecino de mi barrio que se viste totalmente de blanco, toma una campana, y recorre las calles entonando canciones y rezando oraciones por las ánimas benditas del purgatorio.

Antiguamente, se creía que todas las almas del purgatorio lo seguían cuando él transitaba por el pueblo, e incluso se decía que él recorría las calles sin que sus pies se posen en el suelo. Cuenta mi papá que en aquellos tiempos su mamá, o sea mi abuelita solía trabajar hasta altas horas de la noche en su casa fabricando coronas y flores de papel para venderlas el día de los difuntos. Cuando llegaba la medianoche, y mi abuelita oía las campanadas y las oraciones del animero en el frente de su casa solía esconderse en los cuartos interiores de la casa y meterse dentro de las cobijas, ya que se le tenía un profundo respeto, y en especial un gran miedo a este hombre. Pero la curiosidad infantil siempre es la mejor manera para desentrañar los más intrincados misterios y buscar las soluciones a los problemas de la gente, aunque sea muchas veces reprimida por las personas adultas que parece que ven alguna amenaza en este hecho. Una noche cercana al día de todos los santos, mi papá se había escondido en una huerta, y había escogido un lugar a propósito para poder ver el paso del animero sin ser visto por él, ya que se había propuesto de una vez por todas a descubrir el misterio del animero. Llegó la media noche, y con ella la soledad total en las calles del pueblo. Solamente mi papá permanecía en su escondite esperando. Salió por fin el animero de su casa, y como siempre, entró al cementerio, donde hacía sus primeras oraciones para luego recorrer el pueblo. Permaneció poco tiempo en el cementerio, y empezó su viaje por las calles. Con todo el miedo, y con el corazón palpitándole fuertemente debía estar mi papá en su escondite, pero al momento que el animero pasó frente a él, notó que sus pies no estaban despegados del suelo, sino que como todas las personas tenía un par de zapatos comunes que se mantenían siempre contra el suelo. Tampoco vio que ninguna almita del purgatorio lo seguía en su viaje, por lo que decepcionado, y más tranquilo ya, volvió a la casa a dormir, y los otros días me imagino que le faltaría tiempo para contar a sus compañeros de escuela lo que había visto.

Con el pasar de los años, El Animero, cambio de personaje, y como es lógico de suponer las tradiciones también cambiaron. Ya no existía el respeto, ni el temor de antes sino más bien, estos sentimientos se iban cambiando por irrespeto e incredulidad. Así es que en el día de todos los santos en el año de 1987, como siempre, yo con un grupo de primos y amigos decidimos esperar en el cementerio hasta que sea la media noche para poder mirar de cerca la salida de El Animero. No éramos los únicos, ya que había un buen grupo de gente que sin duda esperaba lo mismo. Cada uno de nosotros había logrado reunir una buena cantidad de cera de las espermas que se coloca en las tumbas esa noche, ya que uno de nuestros pasatiempos era coger un pedazo de mecha o piola y alrededor juntar cera hasta que se forme una bola. Nos juntamos a un costado de una cruz de piedra que hay en el centro del cementerio, y a la que se accede por unos escalones de piedra también. Llegó la media noche, y sin mucho asombro ni miedo vimos llegar El Animero a la cruz de piedra. Se arrodilló ante la cruz y rezó. Luego tocó la campana, se levantó, y salió cuesta abajo hacia el pueblo. Los curiosos estaban satisfechos, pero nosotros no, así que decidimos encender nuestras bolas de cera, formar una fila india, y seguir tras de El Animero en procesión por las calles. La mayoría de nosotros vestía colores claros, y me parece que yo tenía puesto un saco blanco. En la cuadra y media que lo seguimos, lo único en que yo pensaba era que si algún curioso nos veía pasar pensaría que somos las almas benditas del purgatorio que íbamos tras de El Animero, y tan solo faltaba que él pasase sin tocar el suelo. Entonces tendría miedo e iría a su casa a dormir.

De esta manera mataba yo mi tiempo en mis años de infancia, en los cuales descubrí entradas secretas al cementerio, y el osario en donde se colocaban los restos de los difuntos que ya no tenían familiares que les paguen la tumba. Sentía curiosidad por ver una calavera, una tibia, un peroné, o cualquiera de los huesos que nos habían obligado a aprender en el colegio. También me gustaba ir a los traslados cuando se enterraba a alguien, y me subía a los pasillos superiores para poder ver al difunto en caso de que los deudos lo destaparan por última vez. Cuando se acababa el traslado me dirigía al osario para poder mirar detenidamente a los esqueletos. En un año que ya no recuerdo, se cerró definitivamente el osario con una pared de bloque, argumentando creo, que estaban robando los restos humanos para prácticas de medicina.

En el año que hice referencia al inicio de la historia, estaba yo visitando el cementerio en compañía de mi primo, y llegamos a donde estaba antiguamente el osario. Me llenó de satisfacción ver que junto al sitio había una tumba abierta. Por efectos del paso del tiempo se habían desprendido los adobes que sellaban la entrada y en el interior de la tumba se veían los restos podridos de lo que había sido un ataúd de madera, mezclados con jirones de ropa manchada, varias costillas, los huesos de las piernas, algunas falanges que parecía que de un momento a otro se iban a convertir en polvo, y... maravilla de maravillas, una calavera completa.

En ese instante había varias personas alrededor, y por tanto solo pudimos observar a gusto estos tesoros, pero volvimos luego de un tiempo, y ya solos, procedí a coger un palo largo, introducirlo en la tumba y sacar la calavera sana y salva. Tomar una tela, limpiarla, envolverla y llevárnosla de allí fue cosa de un minuto. Un minuto en el cual jamás tomé conciencia de la profanación que estaba cometiendo.

Me pasaron muchas ideas por la cabeza con respecto al destino que le iba a dar a la calavera, si guardarla, si enterrarla, si devolverla a su tumba luego de jugar con ella. Con la calavera bajo mi brazo recorríamos el cementerio en esa noche, y la gente de alrededor no notaba nada porque nada sabía. Mi primo se apartó un poco de mí, y me dijo algo. Yo como respuesta le dije: Atrapa. Y le lance la calavera. El me la lanzó nuevamente, y así lo hicimos varias veces sin importarnos si la gente que estaba cerca se daba cuenta o no de lo que hacíamos. Llegó al cementerio un tío político nuestro, con el que teníamos gran amistad. Y con él hicimos lo mismo: Atrapa. Y él atrapó la calavera pensando que era una pelota, pero al cogerla en sus manos se quedó totalmente frío. Luego se repuso y nos dijo que no hagamos eso, que coloque la calavera en el osario. Pero como yo no cogí la calavera del osario, no la devolví allí, sino que me la llevé a mi casa y la guarde junto a unas cuyeras que teníamos en aquel tiempo.

Para abreviar, les diré que al día siguiente continuamos haciendo bromas a todo el mundo con la calavera: la colocamos en unos sillones de la casa de mi abuelita para asustar a unas primas, la metimos en medio de los cuyes en una cuyera de otro tío, el cual se quedó muy asombrado y asustado cuando la vio. Pensaría tal vez que se le estaba haciendo alguna brujería, pero jamás supo quien le hizo la broma. Llegó también al pueblo el papá de mi primo, o sea otro tío que tenía un taxi. Era ya tarde, y a partir de ese momento, mi primo ya no quiso saber nada de jugar con la calavera. Empezó a preparar sus maletas para irse del pueblo con su papá. Se despidió de todos nosotros; pero al ir a colocar su maleta en la parte de atrás del taxi se llevó uno de los mayores sustos de su vida: en el asiento trasero estaba la calavera envuelta en unos papeles.

No es necesario decir quien fue el autor de la última broma en el taxi, pero si es necesario contar lo que sucedió después de aquello. Con la risa entre los dientes, llevé la calavera a guardarla otra vez junto a nuestra cuyera, sobre un montón de piedras, envuelta en unas telas. Sería tal vez las 5 o 5 y media de la tarde. Volví a mi casa y me olvidé de la calavera, ya que me ocupé en otros asuntos cotidianos. A las 6 y media de la tarde mi mami me pidió que le traiga alguna cosa que estaba en nuestra bodega, junto a la cuyera. Me dirigí al sitio, sin pensar en nada, cuando casi al llegar a la bodega, ví claramente sentado en el montón de piedras a un hombre mayor, de estatura baja que vestía un traje claro y tenía un sombrero. Parecía que dormitaba sentado en las rocas, y no levantó la vista cuando me acerqué. Tuve la impresión de que era un borrachito de los que tomaban aguardiente donde mi abuelita, y que había salido a hacer sus necesidades atrás, ya que nuestra bodega quedaba justo en la parte posterior de la casa de ella. Con este pensamiento traté de acercarme más a la bodega, cuando instantáneamente me quedé helado: ¡El hombre estaba sentado en el sitio en donde coloqué la calavera! ... Y la calavera ¡ ya no estaba allí!


El hombre levantó la cabeza y fijó su mirada en mí con un sentimiento de pena y desilusión. No se que más hizo o si dijo algo, porque yo salí disparado a mi casa en cuanto recuperé mis facultades. Nunca he sido miedoso, si supersticioso, pero en ese momento, lo fui. Todos los pensamientos e ideas me venían a la mente, pero lo principal era cerciorarme de mis facultades visuales, o sea volver a la bodega. Haciendo acopio de valor volví a la bodega, pero con los últimos rayos de sol, solo pude distinguir sobre las piedras, la profanada calavera envuelta en sus telas.

Como siempre, mi mamá me ayudó en este asunto. Me explicó que lo que yo ví pudo haber sido el difunto al que pertenecía la calavera, y lo mejor que se podía hacer era devolverla a su tumba y rezar por su dueño. Eso lo hice sin perdida de tiempo, con lo cual ya pude dormir tranquilo, sin pesadillas ni malos sueños. Y jamás en la vida volví ni volveré a profanar ninguna tumba, ni a mirar con irrespeto a los difuntos, ni a entrar al cementerio sin permiso, ya que me puedo exponer otra vez a encontrarme con algún ser que desde el más allá, venga a mi presente a recriminarme por mi irrespetuosa actitud, y mi mal sentido del humor.


MAURICIO CÁRDENAS AYALA

1 comentarios:

pussicatita dijo...

interesante aventura un poco lugubre un poco te fuiste por la tangente pero me gusto .....no tienes otra por ahi sino que te cuenten una y tu me la cuentas ....saludos monica

 
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